Ayuntamientos 2.0

Monasterio de San Prudencio

(Por Luis Mazas Artasona. Publicado en "Revista Informativa y de Humanidades del Colegio Oficial de Médicos de La Rioja. Febrero 1992)

Monasterio de San Prudencio. (dibujo de Luis Mazas)

Entre Clavijo y Ribafrecha, a tiro de bala de cañón desde Logroño, se encuentran las ruinas del monasterio cisterciense de San Prudencio. De su importancia y pasado esplendor, dan muestra, las impresionantes construcciones que aún quedan, reducidas sin embargo, a un conjunto de paredes semiderruídas. El visitante ha contado 120 zancadas, con algún trompicón intercalado, de un extremo a otro del recinto monacal.

Descansa el cenobio recostado en la solana, protegido del viento norte por el Monte Laturce. Recuerda a un viejo y fantasmagórico barco varado, encallado sobre su costado de babor, en los acantilados rojizos de Peña Aguda. La proa se ha quedado apuntando hacia el Valle del Leza. Del Castillo de popa, apenas quedan en pie algunos muros desmochados, que aguantan no se sabe cómo, ni hasta cuándo, las acometidas del tiempo y la intemperie. Se mantienen trágicamente enhiestos, semiinclinados por el cansancio de tantos años de espera y desidia, a punto de decantarse definitivamente en cualquier momento y volver al suelo de donde surgieron.

El naufragio de San Prudencio aconteció en 1834 con la desamortización de Mendizábal, que obligaba a su desalojo definitivo. Para entonces, ya hacía años que el cenobio navegaba a la deriva. La vida monacal estaba en franca decadencia y según cuenta Don Ernesto, el andarín poeta del Camero Viejo, había menos de 12 monjes cuando se promulgó el decreto. Pocos efectivos eran esos; incapaces de mantener a flote el monasterio, que en la época de pleno apogeo, siglo XIII y posteriores, albergaba una nutrida representación de monjes y legos, orando y laborando para mayor grandeza del enclave monástico. Contaban estos clérigos del Cister, con una pirámide jerárquica bien organizada, que permitía la coordinación del trabajo. Según Reiner había 12 cargos de importancia que de mayor a menor eran: Abad, Prior, Superior, Secretario, Cantor, Sillero o Mayordomo Mayor, Sillero Menor, Sacristán, Ropero, Enfermero, Portero y Hospedero.

Me informa el amigo Sáez Torre que el origen del monasterio se remonta a la época visigótica. El lugar se conocía como San Vicente y parece ser que el propio Prudencio vivió de anacoreta entre estos riscos. Por avatares del destino, el santo emprendió una vertiginosa carrera eclesiástica que culminó en el Obispado de Tarragona. A su muerte ocurrida en el Burgo de Osma, esta ciudad y Tarazona se disputaron el honor de acoger sus restos definitivamente. Como no se ponían de acuerdo, recurrieron a uno de los impersonales jueces más utilizados en el medievo para dirimir las discusiones entre vecinos, especialmente cuando se trataba de pleitos sacros.

Decidieron pues, que el cadáver en litigio se colocase a lomos de la mula que el santo llevaba en sus viajes y que ella lo condujese al lugar elegido como última morada. El animal, después de un largo y accidentado viaje, más propio de un rebeco, fue a dar con sus huesos en este lugar del Camero Viejo. La fama del santo y su carisma, propiciaron el crecimiento del cenobio, que según un documento del año 950 era de los más destacados de la región. Su influencia cultural sobre la zona fue extraordinaria, situándose en la misma órbita de importancia que otros monasterios medievales del norte de España, como San Juan de la Peña o San Victorián en el Sobrarbe.

En este lugar, fueron enterrados posteriormente otros clérigos de renombre, como Sancho de Funes y Félix del Monte, obispos de Calahorra, lo cual da cierta idea de la importancia del mismo.

El Monasterio de San Prudencio, como el de Veruela y tantos otros, tampoco ha podido sustraerse al tufillo mágico y becqueriano que rodea a ciertas ruinas medievales. Uno ha oído hablar acerca de tesoros escondidos entre sus muros, lóbregos pasadizos secretos que comunican con el Leza y un sinfín de historias de poco crédito. Algunos, incluyen a los caballeros del Temple entre los moradores de este recinto, lo cual le confiere una aureola más enigmática si cabe. Nunca habitaron los templarios el cenobio, y es dudoso creer que aquellos monjes guerreros, fueran tan torpes como para edificar su refugio monacal en un paraje tan vulnerable. Desde Peña Aguda, unos metros arriba, el emplazamiento es blanco fácil para cualquier objeto arrojadizo.

El acceso al Monasterio, puede efectuarse indistintamente desde el Valle de Leza o Clavijo, a elección del viajero. El primer itinerario es relativamente fácil y nace en la carretera de Ribafrecha a Soto de Cameros. A unos 3 Km. Rebasado el primer pueblo, la ruta describe una curva de herradura hacia la izquierda, rectificando en unos metros el trazado antiguo más sinuoso. Aquí dejamos el automóvil, aparcado en el tramo muerto de la carretera, donde no molesta a nadie. Al fondo se divisan el Monte Laturce, Peña Aguda y colgadas de esta última las ruinas, que apenas destacan, enmascaradas como están entre el fondo rocoso que las cobija. A derecha e izquierda del barranco, que llaman de la Barriguilla discurren dos senderos -quizá el segundo (2) sea más cómodo- que nos conducen a unos 30 minutos y sin perder de vista nuestro objetivo, al pie del Monasterio.

Ruta de llegada al monasterio. (gráfico de Luis Mazas)

Hay otro camino, dificultuoso por lo escarpado, pero que recomienda el viajero, pues es más ameno. Es condición obligada acercarnos hasta el pueblo de Clavijo donde podemos aparcar en la Plaza. Tomamos la calle principal, que a los 100 metros se ha transformado en pista de tierra -ahora está asfaltada-, y curvado a la izquierda para ir a buscar, en progresivo ascenso la Ermita de Santiago, emplazada en la vertiente meridional del Monte Laturce. Abandonamos este camino, justo donde se acoda (1) y descendemos por el barranco que se dirige hacia el Valle del Leza. Tan sólo hemos bajado unos metros hasta encontrarnos un sendero que discurre a media altura por la umbría de Peña Aguda. No habremos caminado 30 minutos, entre arbustos de boj, romero y lavanda, cuando nos topamos súbitamente, como una aparición, con la muralla del Monasterio. Es aconsejable dar un pequeño rodeo y descender hasta el barranco, desde donde podemos contemplar la fachada principal. Si ascendemos unos metros por la colina de enfrente, podemos obtener una panorámica completa de todo el conjunto.

Hace falta bastante imaginación para calibrar el valor de estas ruinas, que a primera vista parecen un pajar abandonado o un refugio de pastores derruido. Se puede deambular por el interior con una cierta precaución, porque la amenaza de ruina es constante. La Iglesia, quizá lo más interesante del conjunto, está semienterrada bajo la techumbre, que sólo permite ver sus ventanales románicos. También las distintas dependencias se ocultan entre los cascotes y la vegetación. Es posible entrar con un poco de osadía en algunas estancias que parecen celdas monacales. Y hay otros ventanucos completamente cegados por los escombros, que no permiten el menor atisbo de curiosidad.

En la Edad media, época de mayor apogeo del Monasterio de San Prudencio, uno de cada diez habitantes trabajaba en las faenas agrícolas, y la mayoría como siervos de la gleba: con todas las obligaciones y ningún derecho. Los señores feudales beneficiarios de esta situación fomentaron el mecenazgo de la incultura durante largos años de oscurantismo. Como casi nadie sabía leer y escribir, los monasterios se convierten en fábricas del saber. Los Monjes constituyen el eslabón que engarza y transmite los conocimientos de los clásicos.

Uno se imagina la comunidad monástica de San Prudencio, en la época más floreciente. Gaudencio, el copista, transcribía en el scriptorium, los textos griegos y hebreos al latín. Tal vez hubiera varios traductores. Gelmiro, con paciencia infinita y mano hábil para los colores, iría decorando con tintas rojas, azules, verdes y doradas los preciados códices, que Nonilo, el secretario guardaría con celo en el archivo. Lamentablemente pocos vestigios quedan de aquellos tiempos.

El viajero, mientras reposa contemplando las ruinas, se acuerda de "El Nombre de la Rosa", e inconscientemente empieza a hacer comparaciones.

Me cuentan que algunos visitantes han acudido a este lugar atraídos por algo más que la curiosidad. Provistos de pico y pala, intentaron infructuosamente arrancar los supuestos tesoros escondidos bajo los escombros, tal vez en una cámara secreta. Al viajero le parece una insensatez. Especialmente en verano, cuando el sol más que calentar, abofetea con saña estas rocas peladas de Peña Aguda. Haría falta una excavadora y no un topo dominguero para desentrañar los supuestos misterios de San prudencio. Es de suponer que otras aves de rapiña hayan acabado antes con los últimos vestigios de la vida monacal.

Finalmente, cuando juzguemos oportuno emprendemos el camino de regreso. Hay dos opciones: hacerlo por el sendero que hemos bajado o por otro diferente (3) que bordea la cara sur de Peña Aguda. Este trayecto es muy agradable, aunque se hace duro por la ascensión. A nuestra derecha contemplamos las rocas afiladas como cuchillos, recortándose sobre el azul del cielo. Peña Aguda, recuerda a esas tapias coronadas por un reguero de cristales afilados, que algunos dueños sádicos colocan minuciosamente como arma disuasoria para proteger su hacienda.

De nuevo regresamos al punto de partida inicial (1), habiendo invertido unas dos horas en el recorrido. A partir de este lugar proseguimos por la pista hasta la Ermita de Santiago y después por un sendero que nos lleva a la cima de la montaña (4).

Aunque en algún momento, las piernas fatigadas desaconsejan el exceso, vale la pena la ascensión si el día es claro. En la cara sur del monte, calcinada por el sol de mediodía, apenas crecen algunos arbustos en las grietas de las rocas. La vertiente septentrional por el contrario, exhibe una tupida cabellera de encinas y boj. Desde la cumbre se divisa una hermosa panorámica, particularmente bella en primavera y principios de verano. Hacia abril o mayo, el somontano de Alberite y Rifabrecha y la Raposa de Albelda, aparecen intensamente verdes, coincidiendo con el despertar del cereal germinado en otoño. Al viajero, le recuerda el paisaje a otros lugares de color esmeralda que ha visto, tierras arriba del Pirineo.

Con ayuda de unos prismáticos, podemos recrearnos en la contemplación de cuanto este privilegiado mirador nos ofrece. Al fondo, Logroño destaca en el centro de la planicie formada por el Ebro y el Iregua. Siguiendo la carretera de Soria, observamos un sinfín de caseríos desperdigados sin orden ni concierto, como si alguien con prisa se hubiera dejado caer, dos casas aquí, un frontón allá, o unos pabellones acullá. A la izquierda destaca sobre los demás, el pueblo de Navarrete, diseminado sobre la ladera del Leza, se divisa Ribafrecha, y un poco más arriba, Leza de Río Leza y la muralla rocosa de Zenzano.

Y más lejos todavía, infinidad de poblaciones que el viajero no acierta a reconocer, difuminadas como están, entre la neblina que resbala desde Codés y el León Dormido.

Finalmente, si deseamos un completo, culminamos la excursión con la visita al Castillo de Clavijo, antes de emprender el regreso a casa.

Gobierno de La Rioja | Agencia del Conocimiento y la Tecnolog�a Agencia del Conocimiento y la TecnologíaGobierno de La Rioja

Gobierno de La Rioja

Valid XHTML 1.1 �CSS V�lido! TAW. Nivel A. WCAG 1.0 WAI