(Por Félix Cariñanos. Leyendas de La Rioja III. Diario La Rioja. Patrocina: Gobierno de La Rioja, Fundación San Millán de la Cogolla y Gráficas Ochoa. Logroño, 2002)
¿Qué ocurre hoy en el monasterio de monte Laturce? ¿Por qué se ven tantos rostros comarcanos? ¿Se regala algo?
Hoy, 28 de abril de 1300, ocurre, simplemente, que es la festividad de San Prudencio, el preclaro patrón nacido en Arnentia, junto a Vitoria, que llegó a ser opispo de Calahorra y Tarazona. Una mula, ya fallecido, lo trajo hasta aquí.
Hoy los monjes bendicen y entregan a los romeros los bollos de leche o de San Prudencio.
A nosotros, de todo este guirigay nos importan dos personajes, sí, esas dos jóvenes que guardan turno en la fila, esas que ahora recogen sus bollos junto a la puerta de arco apuntado.
¿Adónde van? Se han apartado de la multitud y descienden unas docenas de metros para sentarse al lado de un hombre que pastorea ovejas y cabras. Es Martín, su padre. Pasa cerca un caminante.
Martín y sus hijas -Leticia y Esperanza- eran nacidos al otro lado de Monte Laturce, en el poblado de Palazuelos. Vivían del rebaño y de la huerta, mientras esperaban con ansiedad la fiesta de Santa Fe, patrona de la iglesia y del pueblecito. Subía el gaitero de Albelda, bajaban los mozos de Clavijo y todo el mundo se disfrazaba.
Pero un día, tiempos después, una epidemia tendió su fúnebre carpa sobre la pequeña comunidad; era la peste negra, que se llevó a todos los habitantes. Sólo sobrevivieron Leticia y Esperanza.
Inútiles fueron las recomendaciones de los abades de Monte Laturce y San Martín; superfluos los argumentos de los alcaldes de Clavijo y Albelda.
Poco a poco, faltas de calor humano, las casas fueron desmoronándose. Quedaban un aprisco y la vivienda habitada por las hermanas junto a la iglesita de Santa Fe.
Una víspera de San Marcos, que comenzaba a sustituir a la advocación anterior por influjo de los albeldenses, Leticia se sintió mal y llamó a Esperanza.
Al día siguiente, los comarcanos conocieron la noticia del fallecimiento; querían suspender la fiesta.
A la hora del regreso, esta vez hasta las mujeres le insistían para que se fuera.
Varios inviernos después, las guerras y las hambres asolaron estas tierras. Una mañana rosada resplandeciente, Esperanza emprendió la subida a Clavijo. Las piernas ya no eran las mismas; hubo de descansar muchas veces; llegó a mediodía. La necesidad era extrema en la población y las puertas, según se iban abriendo, se le cerraban.
La cuesta abajo hacia Albelda, que tantas veces recorriera saltando de joven, no le fue mucho mejor. llegó casi arrastrándose y llamó a la primera casa.
Llegaron al momento el alcalde y el alguacil.
Por eso, año tras año, los de Albelda continúan subiendo anualmente a Santa Fe de Palazuelos el día de San Marcos.
Y, si usted observa bien, verá que a la puerta de la ermita están las dos ancianas, sonrientes al observar la alegria de sus convecinos. La que guarda una llave en sus manos es Esperanza.