Ayuntamientos 2.0

A Clavijo en Burro

(Recogido de la publicación "Rioja Ilustrada" del año 1908. Firmaba el artículo "Un excursionista")

Celedonio Alcalde, hombre de pelo en pecho (puedo asegurarlo) y hablar castizo, tiene en la Ruavieja un garaje de burras alpinistas; a él acudimos en demanda de orejudos talentosos que supieran llevarnos a Clavijo sin tropezar tanto obstáculo como halló cierto eje, digo, centro, (aunque mejor estaría eje por las vueltas que da a sus promesas) de esta capital.

Y efectivamente; el sábado estaban ultimados los detalles de la excursioncilla y alistados para ella trece locos; así nos llaman los que creen locura el ilustrarse.

La noche del sábado el viento y la llovizna tamizada, pegajosa, borraron la demencia de cuatro de los excursionistas, que, tornándose cuerdos, desistieron de su torpe empeño.

El tesón de los demás nos afirmó en la idea y nuestras manos juradoras se apretaron diciendo en sus encuentros: "Mañana a las cuatro, aunque caigan chuzos de punta"……

…… A las cuatro y treinta de la mañana del domingo, sendos rebuznos anunciaban la marcha de la caravana; componíanla siete burras y un sultán, es decir, un burro; montaba en éste el amigo Redón, y en las favoritas cabalgábamos en hilera Alonso Gessner, Herreros de Tejada, Iriarte, Loma, Zabala y Mato.

El joven Herreros llevaba de ensalada, o escudero, al simpatiquísimo Lechuga, que ameno y servicial hízonos más favores que un obispo a sus parientes.

Chuzos no caían, ni de punta ni de cabo, pero una lluvia impertinente, con no menos molesto vientecito, hicieron que las mantas cubriesen nuestras livianas cabezas, soñadoras y glaucas, impidiendo que nuestras almas, añoradoras de remenbranzas nostálgicas se solazasen contemplando nenúfares grises, lagos azules, tristes ondinas de pálidas faces, libélulas iridescentes, y, en fin, todo un catálogo de glauquerías que ondeaban festoneando el atajo.

La célebre entrada del Cid en Alberite, en busca de Ordóñez, su enemigo, repitióse caricaturescamente, aunque con diferentes Cides, al pisar el primer turro de nuestro cortejo el rústico puente sobre el Iregua.

Cargamos de nectar morado nuestras botas, compramos el pan nuestro de cada día, por mejor decir del anterior, pues a aquella hora aun no habían amasado, y marchamos pisando profanamente el camino de Clavijo, en cuyo comienzo dícese que tribus celtas tuvieron sus viviendas.

En un pequeño oasis mojamos con el vino alberitense un apetitoso refrigerio. Proseguimos el atajo. El rucio que Redón montaba sufría las de Tántalo hociqueando de soslayo el reverso de sus compañeras. Ninguna otra molestia que sujetar al deseoso tuvimos hasta nuestra entrada en Clavijo, que la hicimos entre sol y nieve.

¡Allí sí que nuestras almas vulgares se extasiaban ante el paisaje! La silueta verdinegra del castillo se recortaba altiva sobre el fondo plomizo de las nubes; el monte Laturce, el campo de la Matanza, los corrales de Unión y la artística disposición del pueblo formaban un conjunto pintoresco.

Mas dejemos para otro articulejo la descripción de esta parte del viaje, que ya la hora del yantar se acerca y las viandas están pidiendo a gritos que se las aparte de la lumbre, donde, a pesar de fresquecillo que ventea en el altozano, se achicharran.

El suelo clavijeño, un tanto desigual y pedregoso, quejábase en tristes rechinamientos del torpe caminar de nuestros burros. La paz lugareña quebróse en estruendosa algarabía; una legión de chiquillos saliónos al encuentro haciendo coro con sus burlas a nuestra descarada ridiculez.

Momentos después, la aldaba de la casa patriarcal sonaba pedigüeña de favores; el apóstol de nuestras huestes fue el sacerdote modestísimo, que apareció tras el dintel, el que, con el maestro, buscó cómodo albergue a la aspería; para ella mercamos cebada, que repartimos en los pesebres, y, mientras afanosamente la engullían, enderezamos nuestros saltos a la entrada del castillo.

Hollaron los pies la constancia de nuestros antepasados, pisando los peldaños que ellos labraran sobre el granito, y en sus ángulos semiborrados lloraron las yerbecillas su tronchamiento.

Las nubes descendían hiladas por el viento que silbaba rozando en las troneras, y, una vez en la cima, nos cubrían con sus velaturas húmedas.

Nuestra vista, avizora de esperanzas, adivinaba en las lejanías girones azules de otro cielo, y los ojos neblinosos, erráticos, giraban y escrutaban extasiados de belleza.

Las legendarias gestas de nueve siglos ha, tornaban en tropeles de recuerdos; reyes y magnates, señores y escuderos oyeron en aquellos muros el eco del guerrero clarín, y sus espectros esfumados, impalpables, parecían adheridos a las severas barbacanas, veladas por el cortinaje de la niebla que descendía humosa y lenta.

La peña en que se asienta este monstruo deudalesco tiene, rodeándola, fácil descenso. La parte posterior parece en el conjunto inmensa granada. Los picos y almenas del castillo simulan los pétalos de este fruto, y en su convexidad rocosa ábrese el desfiladero mostrando en su vertiente, con la alegre perlería de los manantiales, la dulce sazón de sus entrañas.

Promesas de volver hicimos al abandonar estos parajes, y presumo que nuestra turista testarudez hará que tornemos a fantasear este sueño de gnomos y de hadas.

En la mitad del monte Laturce, al pie de la Basílica, borbotaba la paella en la cazuela; era esta el alquímico crisol en que se fundían fragancias de tomillo, con vaho del yantar hirviente, aromas de cantueso con humillo picante de la leña. El todo trascendía a manjar de dioses, y como tal procurábamos, ejerciendo de vestales, que no se extinguiera aquel fuego bienhechor, ya que no sagrado.

Hubimos comido cuando nuestras marfileñas frentes, ascendiendo a la cumbre, sentían la caricia pegajosa del nublado que iba poseyéndonos en sus murallas sutiles y polvorosas. Estábamos dentro de la lluvia; mas no sentíamos el vulgar chapeteo del agua en el llano, no; era el contacto sedoso de un polvo leve, tenuísimo, de agua perlada. Y ascendíamos; la claridad volvía a nosotros sutilizando las brumas. El triste sudario de nieblas que ceñía nuestros cuerpos, despegábase de ellos cayendo a las simas.

Besaron al fin nuestras frentes el nuevo manto azul, y los pies gozosos y libres rozaron en la crestería brava de aquella serranía; al silencio de la admiración siguió un musitar de rezos de recuerdo, de oraciones de almas…; bajo aquel toldo de nubes grises yacían en olvido los amores de la llanura. Mercaderes fuimos y deudas pagamos. El pueblo nos despidió con sus murmullos de crítica; el cura y el maestro salieron a los campos fronterizos indicándonos el atajo.

El valle nos ofrecía su cuna de peñascales; bordeando las simas blanca cinta de polvo rocoso guiaba el retorno de la caravana.

Oleaje de sierras encubre en sus honduras al triste monasterio. Tras el ápice del cerro puntiagudo oculta el sol su círculo de fuego, y el abacial convento cubre su soledad con la púrpura del crepúsculo. En las bóvedas de sus ruinas suena el eco de frases de inquietud, y nuestras almas, tintas en tristura, quieren volar a luengas lejanías. Estamos en la carretera; el vino trasiega a las gargantas, y cántigas de amor mueven nuestros labios insaciables. Un rebaño de cabras, con el suave tintineo de sus esquilas, herbajea en los oteros; y en las cercanías heredades rasga en herida de sangre la tierra rojiza el labrador que arando lanza al aire la jota de su vida. En los pueblos del camino las mozas tienen sabrosos decires para la cabalgata, y nosotros quemamos en su honor incienso de piropos y lisonjas. Los burros cabecean la longura del camino arrastrando su cansancio.

Al entrar en Logroño, las mantas se desciñen de los cuerpos; un rayo de luna nimba nuestras sienes y proyecta en el suelo sombras dislocadas y grotescas.

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